lunes, 13 de octubre de 2008

Proxenetas de Pachamama

Si abre usted la Biblia y busca en el primer libro del pentateuco –esto es, el Génesis- no tardara en encontrar la siguiente exhortación que Iahvé hace al hombre, recién salido de un montón de barro: “Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados, y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra.” Y el hombre se lo creió. No solo por ser palabra de Dios, sino que, además, le convenía bastante y le dejaba en muy buen lugar…
Es más, nos lo creímos tanto y tan bien que, hoy en día, no es fácil encontrar un concepto que haya echado raíces tan profunda y sólidamente en la forma que tenemos de entender el mundo. Y que más haya larvado nuestra forma de interactuar con él.
Podríamos disculpar a nuestros padres. Pues, hasta hace bien poco, históricamente hablando y salvando honrosas y contadas excepciones, el único instrumento que poseíamos para acercarnos a la realidad en mayúsculas era el camino de la fe, de la verdad revelada, indiscutible y sacrosanta: Una autoridad superior nos dejaba claro quienes éramos, que lugar ocupábamos en el orden divino, que reglas había que seguir y donde acabaríamos al final. Y, como esta supuesta “autoridad superior” era, en el mejor de los casos, un chalado con ínfulas de grandeza -que siempre los habrá habido-, nos explicaba que (mira qué casualidad) habíamos nacido en el mismísimo centro del universo, que éramos los campeones de la creación, que teníamos pleno derecho a dispones como nos diera la gana del resto de ella y que, si seguíamos sus normas, al morir iríamos de cabeza a algún paraíso surcado de ríos de leche y miel rebosante de serafines o vírgenes, según el gusto. Puestos a inventar…
Sin embargo, en la actualidad, no hay disculpa posible. Pues hoy, en nuestro rincón del mundo al menos, algunas cosas han cambiado. Los viejos dogmas nos parecen cuentos sacados de “El señor de los anillos”. Y la ciencia, por fin, se ha impuesto y ha tomado el relevo a las religiones a la hora de responder preguntas. Pero resulta ser un arma de doble filo. Ya que, cuanto más nos eleva sobre las tinieblas de la superchería, más nos enfrenta a nuestra propia insignificancia. Gracias a ella comenzamos a intuir como surgió este Universo, sabemos que caminamos sobre un minúsculo orbe perdido y muy alejado del centro de una inmensidad cósmica impenetrable. Y sabemos que, aunque nos cueste asimilarlo , el homo sapiens, lejos de ser el dueño y señor de la creación por imperativo divino, no es más que un primate con un gran éxito evolutivo, un gran cerebro y un gran ego. Una pieza más –aunque la ilusión del día a día nos haga pensar lo contrario- en el descomunal mecanismo que es la biosfera. Una pieza que se ha salido de su sitio y amenaza con desestabilizar todo el invento.
Triste es que, aun sabiendo todo esto, siga resonando en nuestra mente el eco de aquellas viejas palabras, “sometedla y dominad…” Y que continuemos actuando como si de verdad fuera así.
Como si tuviéramos todo el derecho a destruir un bosque entero para satisfacer intereses comerciales de algún tipo; a detener o desviar un rio a nuestra conveniencia; A llevar al borde de la extinción –cuando no a la extinción misma- a las especies que nos queremos comer, a las que queremos mutilar (léase pieles, cuernos, colmillos,…) o, simplemente, a las que nos molesta tener cerca. No nos sonrojamos a la hora de hacer desaparecer nuestros residuos vertiéndolos en ríos o mares, lanzándolos a la atmosfera o enterrándolos en la tierra. Por desgracia aquí hay que colocar un largo y triste etcétera.
Todo porque creímos ser los amos de la tierra. Y, como tales, podíamos usarla, estrujarla y retorcerla a nuestro antojo.
Pero no todos los pueblos han sufrido siempre esta ceguera. Incluso antes del auge de la ciencia, las tradiciones de algunos pueblos nos hablaban de un hombre mucho más humilde frente a la naturaleza. El jefe de la tribu amerindia Suquamish, en una famosísima carta al “Gran jefe blanco de Washington”, le decía: “…El hombre no ha tejido la red de la vida. Sólo es uno de esos hilos y está tentando a la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí como la sangre de una familia. Si ensuciáis vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por vuestros excrementos…” Esta gente consideraba a la tierra su madre. La madre Naturaleza. La pachamama de los viejos pueblos andinos.
Pero ellos perdieron la guerra. Y quien la ganó, nunca creyó que la tierra fuera su madre. La considera algo muy distinto.

2 comentarios:

shagui dijo...

Certament, es respecte per sa mare natura és molt i molt pobre. És molt més important s'economia de cadascú i ses comoditats de cadascú que respectar es planeta on vivim....així va la cosa, i lo pitjor està per venir.......realment te fa pensar si es fet tan meravellós com du una persona en aquest mon és realment un favor o una putada...i pensar açò és molt trist...

Fredo dijo...

Holaaaa, ja he tornat.
Me sembla molt bé tot lo que has escrit (si és que realment ho has escrit tú.... ei, que sí, que ja ho sé que és teu, sobretot perque encara hi ha alguna falteta...). Ja m'imagin en Essan cagant-se amb jo en aquests moments.
Està molt ben escrit i sa cosa està prou clara.
Lo únic que me fa dubtar és que tant tu, com en Xaf, com jo, com tots es que es queixen de lo mateix som es primers (bé, es primers no però es tercers si) que mos agrada viure amb es màxim nombre de luxes possibles. Supos que deu ser allò de: "per molt que jo ho faci, poca cosa canviarà..."
Molts records amics meus, esper nous relats... potser algun de meu!!!????